viernes, 14 de octubre de 2011

"El MPyMIH (El Muy Potente y Multiversal Imperio Heliomeca) - Parte 1"

No creo ser el sabio que necesito para escribir ésta historia, por lo que probablemente la reescribiré en el futuro, donde tal vez lo sea o al menos esté más cerca de serlo. Pero mientras tanto, puedo ir haciéndome a la idea de cómo debería ser:

En cierta región del Universo, o de cierto universo al menos, hayábase una mesa. Una mesa de madera comprimida de tan buena calidad como pudiera ser, sobre la cual se podían encontrar varios papeles y plumas, propagandas y catálogos, billetes de lotería y papeles de notas con garabatos y rayones, algunos recibos y un periódico. Pero en el centro de todo ésto había lo que se llama una computadora: una máquina capáz de realizar cálculos y almacenar grandes cantidades de datos a gran velocidad y usarlos para producir imágenes, sonidos, y hasta cierto tipo de inteligencia. El computador en cuestión se hayaba en ésos momentos proyectando una imagen suspendida en el aire, la cual brillaba frente a atenta pero desánime vista de un hombre, de un humano.

Veíase a éste hombre pasando varias páginas en la pantalla flotante que había frente a él; las había pasado una y otra vez con una esperanza de haber omitido algo. Pero sabía que éso era improbable. Las había revisado varias veces, casi podría soñarlas, de hecho lo había hecho, varias veces, pero siempre despertó y se percató de que el éxito en su búsqueda había sido sólo una creación de su inconsciente. Fue algo desalentador, aunque desde luego no era la primera vez que algo similar pasaba: durante 119 años y 8 meses había vivido muchas cosas de las cuales el despertar y percatarse de que el sueño hecho realidad había sido solamente un sueño era algo banal.

Pasose la mano por la cara. Se recargó sobre el respaldo de la silla a la vez que hacía algo similar a un suspiro y observó las estanterías de libros al otro lado de la sala, las fotografías en las paredes, la ventana a su izquierda por donde se veía la última luz del día azulada en ésos instantes por nubes de lluvia que dejaban caer una tranquila pero insistente lluvia sobre la ciudad y algún que otro relámpago a lo lejos. Observó pues la puerta a la derecha.

Apereció pues un hombre recargado a lado de la ventana, un hombre idéntico a él. El repiqueteo del agua en el cristal de la ventana y cualquier otro sonido ajeno al hombre parecieron desaparecer.
-¿Cómo va, pues?- preguntó el hombre de pie.
-No muy bien. De hecho no va bien- contestó el que estaba sentado -Ya lo he buscado y rebuscado, pero esque en verdad no veo la forma. Ya he intentado en ventas, subastas, segunda mano, precios de partes para armarlo... Incluso he ideado un plan para intentar robar uno, pero no... No parece ser buena idea. Ah, se me acaban las esperanzas y las ideas-
-Éso muere al último: las esperanzas- dijo el de pie sentándose en un sillón a lado de la puerta
-Lo sé, pero es que...-
-¿Es que...?-
-No sé. Extraño a Alice, extraño a Markos, a Roger,...-
-O más bien la sensación de esperzanza-
-Ah, éso... Sí, extraño ser jóven-

Alice había sido su esposa. Hacían ahora dos años de que ella había abandonado éste mundo, y por tanto él y ella habían acordado que tras 71 años de matrimonio ya era tiempo de buscar nuevos caminos. Así que con motivo de la migración obligatoria al cumplir los 120 años Alice se fue, abandonó la Tierra de la humanidad y se dirigió hacia los cielos, hacia los misterios del Cosmos. Ahora mismo se encontraría en alguna lejana colonia, luchando por hacerse una nueva vida junto con otros tantos humanos de su edad... Markos y Roger estarían entre las estrellas también, y entre ellos otras tantas amistades y conocidos que ahora parecían haberse ido hace tanto tiempo...

El hombre y el sillón desaparecieron, y el sonido de la lluvia en el cristal volvió a escucharse.

Así pues el desesperanzado hombre sentado ante el computador siguió cambiando páginas. Finalmente decidió entrar a otra distinta, convencido de que su trabajo era en vano. Agarró algunos de los pequeños papeles que había en su escritorio y los examinó; miró entonces a la pantalla suspendida en el aire y su expresión cambió de inmediato a una de sorpresa; volvió a examinar el papel en mano y la pantalla, y la expresión se tornó de incredulidad; volvió a revizar y en su rostro se esbozó lo que apenas segundos atrás pareciera no poder pasar: una sonrisa. No pudo evitarlo más y se alzó su voz en una expresión triunfal a la vez que saltaba del gusto en su asiento: lo había conseguido, la suerte lo había conseguido para él, estaba bendecido. La solución a su problema de emigración obligatoria, o mejor dicho la alternativa, estaba a su alcance: ¡se había sacado la lotería! El premio, en conjunto con los ahorros de una vida, serían suficientes para adquirir legalmente lo que requería...

Se arrellanó en su asiento con el boleto de lotería premiado aún en la mano y volteó hacia la izquierda, hacia el título de academia que colgaba en la pared.

El hombre que era idéntico a él volvió a aprecer a sus espaldas observando el título también:
-Conque volveremos a hacer viajes ¿eh?, ¿ya te sientes jóven otra vez?
-Sí-
-¡Cómo recién egresado de la Universidad!: el Universo delante y la prudencia detrás. Felicitaciones, Doctor-

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